Siluro y sabor en Mequinenza
Mequinenza, 1974: 32 alevines cambiaron el Ebro

El siluro (Silurus glanis) llegó al Bajo Ebro y se convirtió en emblema. Desde aquellos primeros alevines liberados cerca de la confluencia Segre–Ebro, los embalses de Mequinenza y Ribarroja pasaron a ser escenario de capturas gigantes: ejemplares que superan 2,5 m y los 100 kg forman parte del folclore local.
La pesca nocturna y las salidas al amanecer definieron una economía ribereña: cientos de embarcaciones, guías, tiendas de pesca, bares y alojamientos que viven al ritmo de la temporada. En ciertos años se expidieron decenas de miles de licencias en los embalses; Mequinenza figura como imán para pescadores foráneos que buscan trofeos.
Técnica y lugares
Los puestos hablan de la presa del Ebro, el paseo, las Minas y las bocas de los ríos como puntos calientes. La estrategia de cebado es concreta: aportar 1–2 kg de pellet en una posta y refrescar las cañas cada 3–4 horas; la paciencia nocturna paga con tirones que mueven la barca.
En la cocina ribereña el siluro se integra con sabores de la tierra: aceite de oliva, ajo, pimentón y limón. Recetas para parrilla o guiso con tomate y vino acompañan reuniones de pesca, y en los bares junto al agua se sirven filetes rebozados o guisos contundentes adaptados al pescado de río.
El paisaje nocturno en Mequinenza es una postal: luz en las boyas, la radio del patrón y el reflejo de los embalses mientras el siluro insiste bajo la sombra de la presa.
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