Cómo llegó el siluro al Ebro
1974, Roland Lorkowsky liberó miles de alevines en el embalse de Mequinenza y cambió el Ebro.

En Mequinenza y Flix los relatos de pescadores suenan como crónica de una llegada: capturas aisladas cerca del Segre y Ribarroja, después la subida por el cauce hasta hacerse habitual en grandes pozos y embalses. Al principio era “el pez raro”; cada ejemplar parecía un monstruo de otro río.
El relato de las primeras capturas
Las jornadas de entonces se recuerdan con mezcla de incredulidad y orgullo. Se hablaba de piezas que superaban los dos metros, de ejemplares citados de 120 kg, 150 kg e incluso noticias de 2,81 m. Las noches eran largas, se trabajaban montajes potentes y cebos voluminosos porque el siluro posee una fuerza que destroza aparejos débiles y exige cañas robustas.
El paisaje que dejó fue doble: la pesca intensa y la cocina de río. Las orillas aprendieron a alimentarse de lo que sacaban; parrillas improvisadas y frituras de ribera se alternaban con guisos sencillos, ajo, laurel y pimentón para ablandar la carne más gruesa. El pescado del día iba a la brasa o a la sartén; el humo quedaba pegado a la ropa y a las historias.
Hoy el siluro forma parte del Ebro medio, en Mequinenza, Ribarroja y tramos del Segre. Las conversaciones junto al embarcadero siguen girando en torno a una captura memorable, una noche de espera y, al amanecer, la mesa con siluro y pan caliente bajo el mismo puente donde empezó todo.
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