El laberinto de doradas del Mar Menor
Las encañizadas de San Javier

En Punta de Algas, donde las golas unen el Mediterráneo con el Mar Menor, la pesca parece diseñada por un arquitecto paciente. Las encañizadas forman pasillos de cañas, estacas y redes que desvían a los peces hacia cámaras cada vez más estrechas. La tradición, probablemente heredada de la época árabe, lleva siglos aprovechando los movimientos naturales de la dorada, la lubina y el mújol.
El secreto está en el agua. Durante los meses frescos, sobre todo en otoño, el Mediterráneo conserva una temperatura más amable que la laguna. Las especies plateadas buscan ese gradiente y entran por las golas; después encuentran barreras circulares y compuertas de un solo sentido. No persiguen el pez: le preparan un camino que termina en las paranzas y los embustes.
Una trampa tranquila entre dos mares
La Torre, El Ventorrillo y La Constancia son nombres ligados a esta historia pesquera de la costa murciana. El paisaje cambia con las barras de arena y la profundidad escasa, de modo que cada reparación exige conocer corrientes, mareas y el carácter caprichoso de la laguna. Además de doradas y lubinas, aparecen llisas, magres y algún lenguado.
En la cocina, la captura pide sencillez. La dorada limpia termina a la brasa o al horno, con aceite, sal y unas gotas de limón; la lubina admite una cocción breve para conservar su carne firme. Al caer la noche, las cañas quedan recortadas contra el agua oscura y una sartén caliente devuelve a la mesa el sabor salino de San Javier.